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Archive for 19 septiembre 2011

Estamos en septiembre y gran número de pueblos por toda nuestra geografía celebran sus fiestas en este mes. Fiestas que en algunos casos van a estar más que apretadas en cuestión de presupuestos. La situación económica obliga. Llevamos ya cuatro años de crisis y hace unos pocos meses que fueron las elecciones municipales. Gran número de nuevos alcaldes se han encontrado con que las arcas estaban mucho más vacías de lo que pensaban, si no repletas de deudas inesperadas. Y han tenido que tomar medidas a toda prisa.

Puestos en tal tesitura, una de las partidas que se suele reducir de forma casi instintiva es la destinada a los festejos. En realidad, esto es algo que ha venido haciéndose desde que comenzó esta malhadada crisis. Pero según la situación se vuelve más y más dura, la tendencia se acentúa. Vamos, que los alcaldes se hacen eco de aquel dicho popular de que «no estamos para fiestas» y no dejan de tratar de ahorrar por ahí.

La medida parece natural y ha sido aplaudida por muchos, ahí donde se ha llevado a cabo. Parece lógico, sí, que en una situación apurada, con ayuntamientos que a duras penas pueden pagar la luz, el agua y los sueldos de sus funcionarios, se empiece a recortar por estos conceptos.

Pero lo que parece tan evidente a veces luego resulta no ser la realidad. ¿De verdad es tan lógica esta medida como parece a simple vista? ¿Son los gastos en festejos tan accesorios que deben ser de lo primero que un alcalde sensato prescinda o al menos reduzca? Me gustaría que le diésemos una vuelta a tal cuestión es esta entrada.

El razonamiento es: «Hay que recortar gastos. Hay necesidades más básicas que las fiestas del pueblo. Si reducimos a la mitad el presupuestos para festejos, tendremos más dinero para destinar a esas necesidades más básicas». Visto así parece una verdad meridiana. ¿No es cierto? Pero tal vez no lo sea tanto. ¿Y si estuviéramos ante un silogismo, hecho de dos proposiciones verdaderas y una conclusión falsa?

¿Seguro que todo eso es un gasto a fondo perdido? A lo mejor en ciertos casos es una inversión importante para la población. Porque las fiestas de ciertos pueblos atraen a gran número de visitantes. Visitantes que van desde la gente de otros pueblos próximos a antiguos vecinos del lugar o descendientes suyos que han seguido manteniendo los lazos. Con motivo de las fiestas del pueblo se reúnen en él gran número de personas dispuestas a gastar con prodigalidad. Muchos negocios –sobre todo de hostelería- hacen cajas sustanciosas en esos días, al punto de que más de uno subsiste gracias a estos ingresos. Si aguamos las fiestas, si la gente no acude porque en realidad no merecen la pena, ¿qué pasa con esos ingresos y esos negocios?

Vamos a poner un ejemplo que es verdad que es extremo y se refiere a una ciudad. Pero es más que ilustrativo. Fijémonos en los sanfermines. ¿Por qué se creen que Pamplona tolera cada año una invasión de borrachos, sucios y maleducados de todas las esquinas del planeta (junto con visitantes más civilizados, claro). Pues porque esas fiestas son una de las principales industrias de la ciudad.

Me comentaba hace no mucho un buen amigo de pamplona que una hora después del chupinazo la ciudad apesta a vino, a meados y a vómitos. Pero, ¡amigo!, hacen una caja de fábula. Me comentaba que hay tabernas que en un día –despachando bebidas, bocadillos y pinchos- ganan lo que en un mes normal. Que incluso hay establecimientos de otros ramos que en esas fiestas se convierten en despachos de comida y bebida.

Vuelvo a reconocer que es un caso extremo. Pero es extrapolable a muchas poblaciones de muy diversos tamaños. En gran número de lugares, las fiestas mayores son una fuente nada desdeñable de ingresos. Aminorarlas pude dañar al tejido productivo de esa población. Porque lo que los hosteleros ganan luego se redistribuye en forma de compra a otros negocios y pagos por servicios a otras empresas del lugar. Y en esta situación de crisis, donde muchos pequeños negocios subsisten a duras penas, cualquier golpe puede ser la puntilla.

Con esto no quiero decir que se deba de gastar a tontas y a locas. Digo que antes de tomar ciertas medidas hay que reflexionar sobre las consecuencias que pueden traer las mismas. Si es posible, se debe hacer una estimación de lo que reportan las fiestas al pueblo. Y en la actual situación, de qué impacto puede tener la reducción de presupuestos.

Hay poblaciones en las que sí existen evaluaciones de lo que generan –en todos los órdenes y no solo el económico- los diferentes festejos. Es algo fundamental. Y, aunque hemos de admitir que no podemos pedir que se lancen a estudios poblaciones pequeñas y en la práctica en la bancarrota, por lo menos debiéramos pedir que quien deba se piense un poco las cosas.

Y ese quien deba no son solo los cargos públicos. Uno de los grandes problemas de la política española, a juicio de más de uno, es que somos una ciudadanía muy poco reflexiva. Y eso propicia la selección negativa. Están arriba los que nosotros aupamos. Hace no tantos años, cuando el dinero del ladrillo era como maná inagotable, ¿a quién se votaba para alcalde? ¿Al que hablaba de modelos sostenibles o al que prometía un gran polideportivo en el pueblo? Al segundo, ¿verdad? Los hombres sensatos eran barridos por los promeseros. Y luego estos, para pagar todos esos equipamientos recalificaban y permitían urbanizaciones aberrantes en sus términos municipales.

Y ahora que ha llegado el invierno económico, la gente vota a quien se habla de recortar por ciertos gastos, hipnotizada a veces por silogismos como el que arriba enuncio. Que sin duda muchos de esos cargos públicos obran de buena fe, pero es su obligación no empeorar todavía más las cosas con sus buenas intenciones.

En fin. Que en este tema, como en otros tantos, lo mejor es abandonar los terrenos de la retórica, las ideas preconcebidas y las generalizaciones y tratar de objetivar el asunto lo más posible. Porque solo con datos en la mano podremos saber si ciertos gastos son de verdad despilfarros o inversiones. Y a partir de ahí, obrar en consecuencia.

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